45 minutos de ida. 45 de vuelta. 365 días al año. Hacía la cuenta y me daba rabia.
Línea 6 del metro de Madrid, de Moncloa a Conde de Casal. A las ocho de la mañana no hay asientos. Apenas hay aire. Estás de pie, sujetándote con una mano, con el móvil en la otra, y la pantalla se mueve con cada frenada. Intenté leer en el Kindle durante una temporada. Dos semanas duré. La letra pequeña, la gente empujando, el vagón haciendo ese ruido que te obliga a releer el mismo párrafo tres veces. Lo dejé.
Probé podcasts. Los podcasts están bien cuando encuentras uno bueno. El problema es encontrarlo. Te pasas quince minutos buscando algo interesante, le das play, el presentador tarda siete minutos en saludar a sus patrocinadores, y cuando empieza el contenido real ya estás llegando a tu parada. Además, un podcast es lo que alguien decidió contarte. Yo quería escuchar lo que yo elegía leer.
Tenía una carpeta de marcadores con más de doscientos artículos. Cosas que iba guardando durante la semana. Un reportaje largo de El País sobre inteligencia artificial en hospitales. Un ensayo en Medium sobre por qué fracasan las startups en Latinoamérica. Tres entradas de Wikipedia que abrí un domingo a las once de la noche y cerré pensando "mañana lo leo". Mañana nunca llegaba.
Un compañero de trabajo me mencionó CastReader en enero. "Es una extensión de Chrome que te lee las páginas web", me dijo, como si fuera lo más normal del mundo. Le pregunté si era de pago. "No, gratis." Le pregunté si sonaba a robot de los noventa. Se rio. "Pruébala."
La instalé esa misma noche desde la Chrome Web Store. Abrí un artículo de El País que llevaba dos semanas en mis marcadores. Hice clic en el icono. Tres segundos después, una voz empezó a leer. No sonaba a robot. Sonaba a alguien leyendo. Con pausas naturales en los puntos, con la entonación subiendo en las preguntas. Me puse los auriculares y escuché el artículo entero mientras preparaba la cena.
A la mañana siguiente lo usé en el metro por primera vez. Tenía tres pestañas abiertas en Chrome desde la noche anterior. Un artículo sobre cambio climático, una entrada de Wikipedia sobre la historia del café, y un post de Medium sobre hábitos de escritura. Abrí la primera pestaña, toqué el icono de CastReader. Empezó a leer. Solo el artículo. No el menú de navegación, no los anuncios, no el pie de página con los enlaces legales. Solo el texto.
Eso me sorprendió más de lo que debería. Había probado antes la función de lectura en voz alta de Edge y me leía absolutamente todo. "Inicio. Noticias. Deportes. Cultura. Suscríbete por 9,99 al mes." No gracias.
Llevo tres meses con esta rutina y se ha convertido en algo automático. Por la noche, antes de dormir, abro en Chrome las cosas que quiero escuchar al día siguiente. Dos o tres artículos. A veces un capítulo de un libro que estoy leyendo en la web. En el metro abro la primera pestaña, le doy al icono, y empiezo a escuchar. A velocidad 1.3. Me costó una semana encontrar mi velocidad. El 1.0 me parecía lento, el 1.5 me cansaba. El 1.3 es justo.
En 45 minutos me da para dos artículos de longitud media. A veces tres si son cortos. De vuelta, otros dos. Son cuatro artículos al día. Veinte a la semana. Ochenta al mes. Mi carpeta de marcadores pasó de doscientos a cuarenta y algo.
Mi hermana vive en Buenos Aires y tarda una hora en el subte de Congreso a Belgrano. Le mandé el enlace por WhatsApp. Me respondió dos días después: "Estoy escuchando Infobae mientras cocino. ¿Por qué no conocía esto antes?"
No voy a decir que CastReader cambió mi vida. Eso suena a anuncio. Lo que cambió fue que dejé de sentir que el metro me robaba hora y media al día. Ahora es tiempo que uso. Leo más que mis amigos que tienen media hora de almuerzo para leer y no leen. Es irónico. El tipo que va aplastado en la línea 6 a las ocho de la mañana consume más artículos que el que tiene un Kindle en la mesita de noche.
La extensión es gratuita, sin cuenta, sin prueba de siete días que se convierte en suscripción. La instalas desde la Chrome Web Store y ya. Esta noche abre esos artículos que llevas semanas prometiéndote leer. Mañana en el metro te los cuentan.